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La otra palabra latina para ‘blanco’, albus, fue la más extendida en el castellano antiguo, y se encuentra mucho en nombres de lugares, como Montalbo o Peñalba (porque los nombres de lugares o personas tienen también su historia). Por otros caminos nos ha dado el alba o ‘amanecer’ y una interesante derivación, que entró tarde entre nosotros: el álbum. Originariamente era una especie de pizarra blanca donde los funcionarios romanos escribían los edictos; la palabra la recuperó el alemán como ‘libro en blanco en el que dibujar o escribir’, y nos llegó a través del francés. Si en el siglo XIX y principios del XX era el libro que las jovencitas ofrecían a un poeta o un artista para que le dejaran un recuerdo, luego el álbum se convirtió en el soporte para pegar unas figuritas de colores: sí, los cromos. Cromo, ‘estampa infantil coleccionable’, es la reducción del término cromolitografía, que es el nombre del procedimiento industrial con el que se hacían, y precisamente viene de la palabra griega para ‘color’, khroma, junto con la raíz de ‘piedra’, lithos, y la de ‘escribir’, grafía .
De la palabra griega para ‘blanco’, leukós, tenemos algunos derivados científicos, como leucocito, el ‘glóbulo blanco’. El escritor José María Blanco White (1775-1841) provenía de familia irlandesa por parte de padre y firmaba con la forma española e inglesa de su apellido. Convertido al protestantismo y exiliado, adoptó el pseudónimo de Leocadio Doblado, que era transparente para quien supiera lenguas clásicas: ‘dos veces blanco’.
"El candidato melancólico", Jose Antonio Millán.
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